Martí & Marx

Estando en exílio en Nueva York, José Martí escribió el 29 de marzo 1883 en el diario “La Nación” de Buenos Aires el siguiente artículo. En ese describe el funeral más grande del mundo en obsequio de Carlos Marx, que tenía lugar en el instituto Cooper en Nueva York al 19 de marzo 1883:


Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño y arde en ansias temerosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blanco al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de encontrar salida a la indignación de modo que la bestia cese sin que se desborde y espante. Ved esta sala la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros cuya vista estremece y conforta, enseña más músculos que alhajas, más caras honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ella.

New York va siendo a modo de vorágine: cuanto en el mundo hierve, en ella cae. Acá sonríen al que huye; allá le hacen huir. De esta bondad le ha venido a este pueblo esta fuerza. Karl Marx estudió los modos de enseñar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa; y un tanto en la sombra, sin ver que no hacen viables, ni de senos de pueblos en la historia, ni de senos de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido la gestación natural y laboriosa.

Aquí están buenos amigos de Carlos Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los obreros europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer el bien. El veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha. Aquí está en Lecovitch, hombre de diarios; vedle como habla: llegan a él reflejos de aquel tierno y radioso Bakounia: comienza a hablar en inglés; se vuelve a otros en alemán: ‘Dah dah’, responden entusiastas desde sus asientos sus compatriotas cuando les habla en ruso. Son los rusos el látigo de la Reforma; mas no, no son aún estos hombres impacientes y generosos, manchados de ira, los que han de poner cimientos al mundo nuevo; ellos son la espuela, y vienen a punto, como la voz de la conciencia, que pudiera dormirse; pero el acero del acicate no sirve bien para martillo fundador. Aquí está Swinton, anciano a quien las injusticias enardecen, y vio en Karl Marx tamaños de mente y luz de Sócrates. Aquí está el alemán John Most, voceador insistente y poco amable y encendedor de hogueras, que no lleva en la mano diestra el bálsamo con que ha de curar las heridas que abra su mano siniestra. Tanta gente ha ido a oírles hablar, que rebosa en el salón y da a la calle. Sociedades corales, cantan. Entre tantos hombres hay muchas mujeres. Repiten en coro, con aplauso, frases de Karl Marx, que cuelgan cartelones por los muros. Millot, un francés, dice una cosa bella: ‘La libertad ha caído en Francia muchas veces; pero se ha levantado más hermosa de cada caída’. John Most habla palabras fanáticas: ‘Desde que leí en una prisión sajona los libros de Marx, he tomado la espada contra los vampiros humanos’. Dice un Magure: ‘Regocija ver juntos, ya sin odios, a tantos hombres de todos los pueblos. Todos los trabajadores de la tierra pertenecen ya a una sola nación y no se querellan entre sí, sino que todos juntos contra los que los oprimen. Regocija haber visto, cerca de la que fue en París Bastilla ominosa, seis mil trabajadores venidos de Francia y de Inglaterra’. Habla un bohemio. Leen una carta de Henry George, famoso economista nuevo, al aire de los que padecen, amado por el pueblo aquí, y en Inglaterra famoso. Y entre salvas de aplausos tonantes, y frenéticos hurras, pónese en pie, en unánime movimiento, la ardiente asamblea, en tanto que leen desde la plataforma en alemán y en inglés dos hombres de frente ancha y mirada de hoja de Toledo, las resoluciones con que la junta magna acaba, en que Karl Marx es llamado el héroe más noble y el pensador más poderoso del mundo del trabajo. Suenan músicas, resuenan cantos; pero se nota que no son los de la paz.

Aus dem Exil in New York, schrieb José Martí am 29. März 1883 in der Tageszeitung “La Nación” (Buenos Aires) folgenden Artikel. Er beschreibt darin die weltweit größte Totenfeier zu Ehren Karl Marx’, die im Cooper-Institut in New York am 19. März 1883 stattfand:


Seht diesen großen Saal. Karl Marx ist tot. Er verdient Ehre, da er sich an die Seite der Schwachen stellte. Aber es ist nicht gut, den Mißstand aufzuzeigen und zitternd davor zurückzuschrecken, Abhilfe zu schaffen, sondern die Abhilfe dem Mißstand schier vorzulegen. Die Aufgabe Menschen über Menschen zu setzen ist abstoßend. Die erzwungene Bestialisierung von einigen Menschen zum Vorteil anderer ist empörend. Es ist ein Ausweg aus der Empörung zu suchen, und zwar derart, dass die Bestie endet bevor sie ausufert und verschreckt. Seht dieser Saal wird dominiert, umrahmt von grünen Blättern, vom Bildnis jenes flammenden Reformators, Vereinigers von Menschen verschiedenster Völker und unermüdlicher, gewaltiger Organisator. Die Internationale war sein Werk: es kommen ihn zu ehren Menschen aus allen Nationen. Die Menge, die aus tapferen Feldarbeitern besteht, deren Anblick erschauern lässt und tröstet, zeigt eher Muskeln als Schmuck, eher ehrbare Gesichter als seidene Tücher. Die Arbeit macht schön. Es ist erfrischend, einen Bauern, einen Schmied oder einen Seemann zu sehen. Mit den Kräften der Natur umzugehen, läßt sie so wunderbar sein wie die Natur selbst.

New York wird zu einem Strudel: was auch in der Welt kocht, es fällt auf New York zurück. Hier lächtelt man dem Flüchtenden zu, dort bringt man ihn zum flüchten. Aus dieser Gutherzigkeit stammt die Kraft dieses Volkes. Karl Marx studierte die Methoden, um der Welt neue Grundlagen zu lehren, und erweckte die Schlafenden, und zeigte ihnen die Art, die kaputten Pfeiler zu begraben. Aber er tat es eilig; und zum Teil im Dunkeln, ohne zu sehen, dass weder die Brüste der Völker in der Geschichte, noch die Brüste einer Frau, Kinder am leben halten, die keine natürliche und mühsame Entstehung hatten.

Hier sind gute Freunde von Karl Marx, der nicht nur ein titanischer Beweger des Zorns der europäischen Arbeiter war, sondern tiefer Analyst des Grundes für das menschliche Elend und der Schiksale der Menschen und ein Mann, der von Begierde zerrissen war, das Gute zu tun. Er sah in Allem, was er in seinem Inneren trug: Rebellion, Fortschritt, Kampf. Hier ist Lecovitch, ein Journalist; hört ihn an: von ihm spiegelt sich jener zärtliche und strahlende Bakounia: er fängt an in Englisch zu reden; wendet sich an andere in Deutsch; “да да” antworten von ihren Plätzen etusiastisch seine Landsleute, als er sie auf Russisch anspricht. Es sind die Russen die Peitsche der Reform; niemand anderes; noch sind es nicht jene ungeduldigen und großzügigen Männer, vor Zorn aufgebrochen, welche die Fundamente für die neue Welt legen sollen; diese sind der Sporn, und kommen pünktlich, wie die Stimme des Gewissens, die schlafen könnte; aber der Stahl des Sporns taugt nicht gut als Gründerhammer. Hier ist Swinton, ein Greis, den die Ungerechtigkeiten entzünden, und sah in Karl Marx die Geistesgröße und das Licht des Sokrates. Hier ist der Deutsche John Most, ein beharrlicher und wenig liebenswürdiger Redakteur und Entfacher von Scheiterhaufen, der in der rechten Hand nicht den Balsam trägt, den es braucht um die Wunden zu heilen, die seine linke Hand öffnet. So viele Menschen sind gekommen, um sie reden zu hören, dass sie den Saal überfüllen und auf die Straße quellen. Chorvereine singen. Unter den so vielen Leuten sind viele Frauen. Sie wiederholen im Chor, mit Beifall, Aussprüche von Karl Marx, die in großen Plakaten an den Wänden hängen. Millot, ein Franzose, sagt etwas schönen: “Die Freiheit ist in Frankreich oft gefallen; aber sie ist von jedem Fall noch schöner wieder auferstanden”. John Most spricht fanatische Worte: “Seit ich in einem sächsischen Gefängnis die Bücher von Marx las, habe ich zum Schwert gegriffen, gegen die menschlichen Vampire”. Ein Magure sagt: “Es erfreut, so viele Menschen aus allen Ländern, ohne Feindschaft beisammenzusehen. Alle Arbeiter der Welt gehören schon einer einzigen Nation an und sie streiten nicht untereinander, sondern alle zusammen gegen jene, die sie unterdrücken. Es erfreut, in der Nähe, wo in Paris die ominöse Bastille war, sechstausend Arbeiter, aus Frankreich und aus England kommend, gesehen zu haben”. Es spricht ein Bohem. Ein Brief wird verlesen, von Henry George, einem berühmten neuen Ökonomen, der zu den Leidenden steht, geliebt vom hiesigen Volke, berühmt in England. Und unter Salven tosendem Applauses, und frenetischem Hurra, erhebt sich in einhelliger Bewegung, die glühende Versammlung, sobald von der Tribüne aus zwei Männer mit breiter Stirn und dem Blick eines Toledoblattes, auf Deutsch und auf Englisch, die Resolutionen verlesen, mit denen die Großversammlung endet, worin Karl Marx der erhabenste Held und der gewaltigste Denker der Welt der Arbeit genannt wird. Es erklingt Musik und erschallt Gesang; aber man merkt, dass dass es keine Friedenstöne sind.

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